El Gobierno mantiene un saldo mínimo en las cuentas en pesos y dólares y las compras de divisas del Banco Central que acumula este año, por debajo de las registradas en los mismos períodos de los dos años precedentes, no alcanzan para recomponer las reservas internacionales y aislar al país de la crisis económica y financiera que empieza a gestarse como consecuencia de la guerra que Estados Unidos e Israel iniciaron en Medio Oriente.
La administración de Javier Milei recién empezó este año con una política de acumulación de reservas pero por un volumen que por ahora se mantiene por debajo de las expectativas que tenía el mercado, que observa la debilidad del Banco Central para defender el valor del peso si se potencia una salida caótica de capitales.
El Tesoro tampoco tiene dólares para garantizar los pagos de los servicios de la deuda en divisas, lo que dispara el Riesgo País a máximos del año, y más preocupante para el mercado tampoco tiene pesos para responder en las renovaciones de deuda y aflojar el torniquete monetario que potencia la recesión.
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El ministro de Economía, Luis Caputo, expresó esta semana la desesperación por capturar el flujo de dólares que genera las actividades económicas no declaradas, sin importar si están fuera del alcance de ARCA o directamente al margen de la ley, que necesita para mostrar capacidad de enfrentar los vencimientos de mitad de año, por más de 4.000 millones de dólares, sin acceder a las divisas del BCRA.
La caída de la recaudación impositiva, del orden de 9,7% en febrero que se sumó al retroceso de 7,9% de enero y encadenó siete meses en retroceso, fue la última señal de advertencia que registró el mercado, que empieza a analizar la capacidad del Gobierno de cumplir con el compromiso de superávit fiscal de 2,2 puntos del PBI.
El gasto público comenzó desde febrero a acelerarse por el impacto de la alta inflación de diciembre, que indexa en forma automática el 45% de las erogaciones, fundamentalmente por el pago de jubilaciones y pensiones y otros gastos sociales, lo que pone límite a la capacidad de recortes para compensar la caída de la recaudación.
La guerra que iniciaron Estados Unidos e Israel en Medio Oriente empezó a contagiarse a los mercados financieros, que perciben que se extenderá más de lo previsto y afectará los procesos productivos e incrementará los costos de la energía en todas las economías.
“Había cierto consenso de que en 2026 el Gobierno tenía el camino relativamente allanado para recuperar el crédito internacional. El principal riesgo era el contexto global, pero enero había arrancado mejor imposible, con mucho flujo a emergentes. Esta semana, sin embargo, apareció algo de viento de frente”, advirtió la consultora 1816, de las más seguidas en el mercado.
Los bonos del Tesoro de Estados Unidos cayeron este jueves por cuarto día consecutivo, por la combinación del aumento de los precios del crudo debido a la guerra en Medio Oriente con la preocupación de que la inflación se acelere. “Los rendimientos de referencia a 10 años subieron a su nivel más alto desde mediados de febrero tras la noticia de que China había dicho a sus mayores refinadores de petróleo que suspendieran las exportaciones de gasóleo y gasolina debido a la escalada del conflicto en el Golfo Pérsico”, reseñó la agencia Bloomberg Línea.
China, además de suspender exportaciones de derivados de petróleo para proteger sus stock, anunció que reestimó la meta de crecimiento anual por debajo de 5%, por la menor demanda que se espera a nivel global por la recesión que amenaza a las economías desarrolladas si se extiende la guerra por más de cuatro o cinco semanas, el plazo que se puso el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
“Mientras no esté claro de qué manera financiará (el Gobierno) los vencimientos en moneda extranjera 2026 y 2027 las compras de BCRA son una necesidad”, consideró 1816.
El problema es que las compras del BCRA están por debajo del primer bimestre de los dos últimos años: en 2024 compró 3.272 millones en enero y 2.358 millones en febrero y el año pasado 1.617 millones y 1.948 millones, respectivamente, mientras que este año el programa anunciado de acumulación de reservas solo permitió comprar 1.158 millones en enero y 1.555 millones el mes pasado.
El mercado espera a ver qué pasará con el programa de compra de reservas en marzo, ya que en 2024 compró 2.882 millones y el año pasado terminó vendido por 1.360 millones lo que aceleró el acuerdo con el FMI que llegó en abril e implicó una devaluación del peso y la modificación del régimen monetario y cambiario.
Este marzo lleva comprado 251 millones, pero en ruedas que se ubicaron por debajo del promedio que venía en las semanas previas y con un stock de deuda en dólares en el sistema financiero que se viene por debajo del año pasado y donde el temor a una devaluación puede frenarlo rápidamente.
En el mercado bursátil este mes hubo una sola colocación de deuda corporativa, una Obligación Negociable de Telecom por 81 millones de dólares, por ahora poco nivel para mantener la oferta en el mercado de cambios que evite nuevas presiones sobre el precio de la divisa.
El Gobierno tiene, mientras tanto, apenas un saldo de 485 millones de dólares y 4,3 billones de pesos en las cuentas que tiene el Tesoro en el Banco Central, que se mantienen en ese nivel desde hace un mes. Tampoco reacciona la cuenta en divisas que engloba a todo el sector público, donde están los recursos de las provincias que colocaron deuda, de municipios y de organismos del Estado, que alcanzó un pico de 3.600 millones el 20 de febrero y desde entonces perdió 400 millones.
Ese bajo nivel de disponibilidad de pesos y dólares impide inyectar fondos en la economía que permitan aflojar el torniquete monetario para mejorar el nivel de actividad, aunque el Gobierno prefiere mantener la recesión por la preocupación por la inflación.
El “viento de frente” que describió la consultora 1816 combina la crisis global con la baja capacidad del Gobierno de enfrentarla, y por ahora la única apuesta de Milei y Caputo es a capturar el flujo de dólares de las actividades no declaradas, lo que parece una apuesta demasiado arriesgada en un contexto de depresión económica que derrumba los recursos fiscales mientras el gasto se dispara por la aceleración dje la inflación.
