Pensar en alguien todo el tiempo, revisar el celular esperando un mensaje, releer conversaciones o interpretar cada gesto como una señal. Lo que muchas veces se romantiza como “estar muy enamorado” puede, en realidad, esconder algo más profundo, la limerencia.
El término fue acuñado en 1970 por la psicóloga Dorothy Tennov, quien, tras estudiar el amor romántico en cientos de personas, detectó un patrón particular; cuando el afecto no es correspondido, o lo es de forma ambigua, puede transformarse en una obsesión intensa y persistente.
El psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin define este fenómeno como una forma de apego dependiente e ilusorio, donde la persona queda atrapada en la necesidad constante de recibir atención de alguien que no puede o no quiere brindarla. El resultado es una mezcla de ansiedad, angustia y pensamientos repetitivos que pueden ocupar gran parte del día.
A diferencia del enamoramiento típico, que con el tiempo tiende a estabilizarse, la limerencia se alimenta de la incertidumbre. Esa falta de definición en el vínculo genera una búsqueda constante de señales, mirar fotos, revisar redes, recordar encuentros o analizar mensajes en busca de indicios que confirmen un interés que muchas veces no existe.
Cómo sabe si padezco limerencia
Diversos estudios posteriores encontraron similitudes entre la limerencia y trastornos como el Trastorno obsesivo compulsivo, así como con las adicciones. De hecho, investigaciones en neurociencia muestran que este estado activa el sistema de recompensa del cerebro, asociado a la dopamina, el mismo que interviene en el consumo problemático de sustancias.
No es casual entonces que, cuando la persona objeto de esa obsesión se aleja, aparezcan síntomas comparables a la abstinencia: insomnio, irritabilidad, ansiedad, cambios bruscos de ánimo o incluso cuadros depresivos. Por el contrario, cualquier señal, real o interpretada, puede generar un alivio inmediato, reforzando el ciclo.
La limerencia no tiene una duración fija. Puede aparecer una sola vez o repetirse con distintas personas y extenderse desde algunas semanas hasta varios años, con un promedio que oscila entre un año y medio y tres. En todos los casos, el eje es el mismo, se trata de una expectativa emocional que nunca termina de satisfacerse.
Para los especialistas, la clave está en diferenciar este estado de un vínculo saludable. Mientras que el amor tiende a construir autonomía y reciprocidad, la limerencia genera dependencia y pérdida de foco en otras áreas de la vida.
En cuanto al tratamiento, la terapia cognitivo-conductual suele ser una de las herramientas más efectivas, ya que trabaja sobre los pensamientos rumiantes y las conductas compulsivas. En algunos casos, también puede indicarse medicación para aliviar la angustia y los síntomas asociados.
