Lorna Evans: la argentina que pasó de Lanús a soñar con una misión a la luna

Desde Lanús hasta la NASA, esta médica y piloto se abrió camino con esfuerzo y perseverancia.

07 de abril, 2026 | 17.32

Lorna Evans emigró con un sueño claro: trabajar en la agencia espacial estadounidense y, algún día, formar parte de una misión que lleve a los humanos de nuevo a la Luna. Hoy, con 37 años, esta médica argentina está cada vez más cerca de cumplir su meta de convertirse en astronauta y subir a la nave Artemis III.

Su historia comenzó en Lanús y Avellaneda, en el sur del conurbano bonaerense. De chica, su curiosidad por la ciencia ya se notaba. “Siempre fui muy curiosa, siempre preguntaba por qué eso, por qué lo otro. Veía ‘El laboratorio de Dexter’ y decía: ‘Yo quiero ser como Dexter, científica, hacer experimentos'”, recuerda. Su papá, médico de terapia intensiva, y su mamá, bibliotecaria, fueron pilares en su formación y pasión.

Después de terminar el colegio en Barracas, Lorna ingresó a Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Aunque también pensó en otras carreras como piloto o ingeniería aeronáutica, eligió la medicina, sin dejar de lado su pasión por volar. En 2017 se recibió tanto de médica como de piloto privado. “Siempre tuve esa pasión por volar”, admite.

Buscando combinar ambas vocaciones, viajó a Estados Unidos con visa de turista y ahorros propios. La adaptación fue dura, extrañaba a su familia y amigos, pero se casó con un estadounidense y obtuvo la ciudadanía, requisito fundamental para aspirar a ser astronauta de la NASA.

La historia de la argentina que busca convertirse en la primera astronauta del país

Para ejercer la medicina en EE. UU. tuvo que revalidar su título y aprobar exámenes, además de enfrentar la dificultad de encontrar trabajo en investigación. Enviaba cientos de mails diarios y realizó varios observerships, pasantías donde aprende sin poder intervenir clínicamente.

Su gran oportunidad llegó por medio de otro argentino, cuando consiguió trabajar en cirugía robótica en la Mayo Clinic de Florida. Allí conoció a una médica especialista en medicina aeroespacial, quien se convirtió en su mentora y la orientó para aplicar a cursos clave en la NASA.

A pesar de recibir tres rechazos consecutivos, un profesor la alentó a seguir intentando: “Me dijo: ‘Seguí aplicando. A mí me rechazaron siete veces. Si a vos te apasiona, en algún momento se va a abrir una puerta’”. La perseverancia rindió frutos y finalmente fue aceptada para realizar un internado en la agencia espacial, tras cuatro intentos.

Durante ese primer programa trabajó en comunicaciones láser para misiones espaciales y estudió los posibles efectos en los astronautas, un proyecto presentado dentro de la NASA que ayudó a definir recomendaciones operativas. Luego, ingresó a otro programa sobre medicina aeroespacial, donde profundizó en microgravedad, fisiología espacial y salud de la tripulación.

Tuvo que revalidar su título médico en Estados Unidos.

Entre sus investigaciones, analizó una década de datos sobre dióxido de carbono en la Estación Espacial Internacional y su impacto en los astronautas, trabajo que presentó en el congreso ASMA. Además, creó la Asociación Latinoamericana de Medicina Aeroespacial, Ingeniería y Biotecnología (AIMA), con la que busca acercar esta disciplina a profesionales argentinos y organizar el primer congreso latinoamericano sobre el tema.

Actualmente, Lorna aspira a obtener una residencia de cuatro años en medicina aeroespacial en la Universidad de Texas Medical Branch, un puesto único y muy competitivo en todo Estados Unidos. “Ya me conocen, soy figureti. Saben que estoy ahí tocando la puerta todo el tiempo. Vengo muy bien recomendada”, comenta con determinación.

Pero su mayor sueño sigue siendo el espacio. Quiere ser parte de la misión Artemis III, que planea llevar humanos a la Luna nuevamente. “Desde chica sueño con ser astronauta. Siempre lo quise ser”, afirma con convicción. Reconoce que la competencia es feroz: para algunas misiones se presentan más de 15.000 candidatos y solo unos pocos llegan a ser seleccionados.

Fue rechazada tres veces antes de entrar a la NASA.

Hace poco, se postuló para el programa Hera de la NASA, que simula condiciones espaciales en la Tierra. “No tiene que ver con ir al espacio pero está relacionado. Uno va y hace como si fuera un astronauta; come lo mismo, experimenta lo mismo. 45 días encerrado en un módulo y no podés salir”, explica. De las miles de postulaciones, solo 20 son elegidos para entrenar durante un año en lugares extremos como la estepa rusa o la Antártida.