Es jubilada, tuvo cáncer y un colibrí le cambió la vida: ahora recibe y cura picaflores de todas partes del país en su propio santuario

Mónica Campani tiene 66 años y vive en Gonnet, en las afueras de La Plata, al ritmo de sus colibríes, con una rutina diaria condicionada por lo que las aves necesitan. Su santuario nació a partir de atravesar un cáncer, y, desde entonces, cuida y cura picaflores, que documenta en una especie de historia clínica de cada uno de los pajaritos.

26 de febrero, 2026 | 06.00

Es un sábado a la noche de noviembre de 2025, cuando un Cabify estaciona en una casa de pared de ladrillos a la vista y portón de madera en la localidad de Gonnet, en las afueras de La Plata. El auto viene desde José C. Paz, en el noroeste del conurbano bonaerense, a unos 100 kilómetros, y el precio del recorrido es alto, ronda los 100 mil pesos. El fin de ese viaje es el traslado de algo extremadamente frágil: un pichón de colibrí que cayó en su nido en medio de una poda. Es un animalito que mide alrededor de dos centímetros y pesa menos de un gramo.

En la casa de pared de ladrillos a la vista de Gonnet vive Mónica Campani, una clarinetista jubilada de 66 años. Allí, desde hace algunos años, ella se encarga de recibir, cuidar y sanar colibríes que fueron encontrados caídos y no pueden volar por algún tipo de problema. Siguiendo una rutina estricta de atención y alimentación, los tiene hasta que las aves pueden valerse por sí mismas y regresar a sus eléctricos vuelos. El sitio, además de ser el hogar de Mónica y su compañero de vida, es el hogar de los colibríes que necesitan ayuda. Lo llamó el Santuario Colibríes Huérfanos contabiliza decenas de liberaciones exitosas.

“Esto es muy demandante. Tenés que atenderlos todo el tiempo a los colibríes, cada 15 o 20 minutos. El que no vuela se cae y lo tenés que levantar. Yo ya soy jubilada y tengo tiempo”, le cuenta Mónica a El Destape sobre cómo es la vida compartida con estos pajaritos, a los que les da de comer y asiste varias veces al día.

La casa de Mónica cuenta con un jardín delantero verde y amplio. Al fondo, la construcción de la vivienda es pequeña: tiene un comedor unido a una cocina, baño y dos habitaciones. Además, hay un espacio de dos por tres metros que es, formalmente, el santuario. Pero el santuario no es solo esa parte, es toda la casa en sí. Ahora, en una tarde calurosa de enero de 2026, hay cuatro colibríes alojados. Tres de los pájaros se encuentran en contenedores de cartón que dan a ventanas: uno en la cocina y los otros dos arriba de una mesita, en la parte del comedor. En tanto, un cuarto picaflor está en el santuario formal, dentro de la voladera, un espacio de madera y tejido plástico más grande para afinar el aleteo antes de la liberación.

“El colibrí macho solo procrea, mientras que la hembra hace el nido, pone los huevo, los incuba, alimenta el pichón, le enseña a volar. Son muy territoriales. Y el pico de ellos tiene que ser bien largo porque las flores a las que van son tubulares”, comenta Mónica sobre las características generales de estos pájaros.

Los picaflores sólo se distribuyen en el continente americano. Desde Alaska hasta Tierra del Fuego, hay más de 300 especies y en Argentina se estima que se encuentran unas 35. Tres de estas son comunes en la provincia de Buenos Aires: el picaflor verde común, el picaflor bronceado y el picaflor de garganta blanca. En la casa de Mónica hoy están alojados tres bronceados y uno verde común. Mientras ella habla, sentada frente a una mesa de madera, se escuchan piares y aleteos, como zumbidos en el aire; zumbidos que son parte del paisaje sonoro de la casa.

Para explicar su historia con los colibríes, Mónica se remonta a su infancia cuando, a la par de los intereses musicales, comenzó a forjar una identidad de rescatista de animales. “Yo a los 5 o 6 años ya levantaba perros sarnosos de la calle y los llevaba a mi casa. Mis viejos me bancaban. Mi papá preparaba siempre algún ungüento para curarles las heridas y mi mamá, que también le gustaban los animales, los bañaba y les daba de comer. Hacíamos perros felices. Yo no dormía con ositos de peluche, dormía con perritos”.

Desde esos primeros años de vida hasta bien entrada la adultez, siempre estuvo vinculada a perros y gatos, mientras que la conexión especial con las aves y los colibríes la ubica en otra etapa. En 2006 le detectaron un cáncer mamario, con metástasis en la axila. El panorama era complejo, su vida corría riesgo. Fue en ese tiempo que, al finalizar un largo tratamiento, encontró en su patio una pequeña torcaza que había caído de una planta. “A partir de ahí, empecé con los pajaritos. Te cambia el mundo encontrar un ave, criarla, recuperarla y liberarla. Son perfectas”, dice. Doce años después, en 2018, le pasó algo similar: sufrió la vuelta del cáncer y un nuevo tratamiento, al tiempo que apareció su pasión por salvar particularmente a los colibríes.

En los años que siguieron Mónica comenzó a formarse sobre el cuidado de los colibríes leyendo investigaciones en internet y se puso en contacto con referentes en la temática como Leandro Castillo, del Jardín de los Picaflores de Puerto Iguazú, y Catia Lattouf de Arida, del Santuario de Colibríes de la Ciudad de México. De a poco, construyó lo que es el santuario formal, con puertas vidriadas, chapa transparente y atrapasueños colgados, además de la voladera. Todo lo que viene haciendo, cuenta, es gracias a donaciones de personas que siguen al santuario en Facebook.

Vivir como un colibrí

La rutina de Mónica está marcada por la de los colibríes que viven en su casa. Se levanta ni bien sale el sol, como lo hacen los pajaritos. Y ahí les da la primera ración de alimento. “El alimento se prepara día a día. Es una fórmula que imita el néctar de las flores. Lleva azúcar, vitaminas y proteínas. Aunque mucha gente piensa que les hace mal, los colibríes sin azúcar se mueren. Hay que poner las proporciones justas y lo que sobra de un día para otro se tira porque se fermenta”, señala.

En la provincia de Buenos Aires, la temporada alta de colibríes se da entre la primavera y el verano, en coincidencia con la floración.  A través del boca en boca y por quienes comienzan a conocerlo por su página de Facebook, el Santuario Colibríes Huérfanos recibe picaflores heridos derivados por personas de La Plata y otros distritos. Además, de manera online, Mónica también hace asesorías a distancia, con una demanda de alrededor de cinco mensajes por día.

Entre las problemáticas más comunes que afrontan los picaflores están las infecciones por larvas de la mosca y los golpes que, en muchas ocasiones, se manifiestan con fracturas en las alas que no tienen solución. En estos casos, Mónica suele cuidar a los colibríes hasta que mueren de forma natural. “Algunos especialistas recomiendan la eutanasia para ahorrarles la agonía, pero la verdad es que yo no los veo agonizar. Los veo felices”.

El néctar casero que prepara Mónica lleva cuatro partes de agua segura a temperatura natural y una de azúcar, sin cocinar. A eso, le agrega vitaminas y, luego, mosquitas de la fruta. Este último ingrediente son las proteínas y lo consigue cazando los insectos. Corta una botella por la mitad, le pone cascaras de banana, manzana y otros vegetales, y cuando las mosquitas llegan en busca de la materia orgánica que se está descomponiendo las atrapa con una bolsa. Luego, las machaca para incluirlas al preparado.

Cuando lo tiene listo, Mónica pone el alimento en jeringas que cuelga en los costados de las cajas en las que están los colibríes. La intención es que ellos se alimenten solos y así funciona cuando ya están acostumbrados porque, antes, también les enseña a buscar el néctar. “Yo soy partidaria de entrenarlos para que coman solos. Si no, tendría que estar dándoles cada 20 minutos (ya que suelen alimentarse con esa frecuencia). Hay que tener un poco de paciencia. Les enseño dándoles de comer con la jeringa y mostrándoselas para que reconozcan que ahí está la comida”, cuenta.

A los colibríes que tienen una recuperación exitosa de sus dolencias y llegan a la voladera (el sitio de entrenamiento antes de ser liberados) Mónica les brinda otro aprendizaje. En ese espacio, ubica una botella recortada con cascaras de frutas para que las mosquitas se acerquen y los pajaritos empiecen a cazar al vuelo, como deberían hacerlo en la vida silvestre. Además, entre cinco y seis veces al día, renueva el alimento de las jeringas de cada colibrí e higieniza las cajas. Todo esto, lo hace con el máximo cuidado posible. “Yo no los toco con las manos, aunque me las lave, porque tengo miedo de enfermarlos”.

Cada jornada, cuando empieza a oscurecer, los colibríes entran en torpor. Este estado es una especie de hibernación en la que disminuyen sus funciones corporales para gastar menos energía: bajan frecuencia cardíaca y respiratoria, además de la temperatura corporal. Entonces, en la casa de Mónica, las cajas donde están los picaflores en recuperación se tapan para evitar la contaminación de la iluminación artificial, dejando al descubierto las partes que dan a las ventanas de la vivienda para que los pájaros sí puedan percibir el amanecer. Cuando los picaflores entran en torpor, también termina el día para ella y su pareja; y, cuando se van a dormir, ya no se escuchan aleteos ni piares. “Yo tengo la vida de ellos”, dice.

El deseo del vuelo

Durante el último año, Mónica implementó una carpeta en la que va anotando de manera prolija la estadía de los colibríes que pasan por su hogar. La carpeta tiene hojas en folios que son algo así como las historias clínicas de cada uno de los pajaritos. El registro abarca hasta a los últimos 14 picaflores que alojó en su casa. Allí está la información del día en qué llegaron, la procedencia y quién los trajo. Asimismo, figura el nombre con el que fueron bautizados y el “parte diario”.

Los cuatro colibríes que se encuentran actualmente en el Santuario tienen nombres astronómicos: se llaman Luna, Venus, Orión y Júpiter. Este último es el que se llegó a mediados de noviembre desde José C. Paz en un Cabify y hoy, mientras Mónica cuenta su historia en el comedor de su casa y lo presenta, cumple setenta días de cuidado. A pesar de los esfuerzos, sigue siendo un pichón muy pequeño. A simple vista, no mide más que una pelota de ping pong.

El primer parte de Júpiter, del 16 de noviembre de 2025, celebraba que “al amanecer estaba vivo”. Después, en los días que siguieron, Mónica se explayó destacando los avances del picaflor, pero también las preocupaciones sobre su lento desarrollo. Las anotaciones dicen cosas como “come bien, es glotón”, “sus alitas están más emplumadas y largas”, “lo vi aleteando” y “no abrió los ojos”. En una de las últimas, se lee: “Estoy preocupada por mi bebé. No vuela”.

Ante la consulta sobre el estado de Júpiter, Mónica explica: “Si tienen una buena evolución, los colibríes rescatados se liberan a los 21 o 28 días, siempre que reúnan todos los requisitos. Estos requisitos son libar (comer el jugo de las flores) al vuelo, cazar y tener el pico y la cola larga. Tengo la esperanza de que podamos liberarlo, pero sus plumas no son de calidad y su cola no está creciendo bien”. El miedo de Mónica es la extensión del tiempo de cautiverio. Sabe que, a pesar de su voluntad, hay cosas que no dependen de ella. Sabe que Júpiter, como todo pájaro y como todo astro, necesita del cielo.