Impulsó las querellas contra el franquismo de la mano de Nora Cortiñas y marcha este 24M: "No alcanza con resistencias aisladas"

La eurodiputada gallega Ana Miranda (BNG) llegó a la Argentina para marchar el 24 de marzo. Su vínculo con el país no es solo político: junto a Nora Cortiñas impulsó desde acá las querellas contra el franquismo que España todavía bloquea. En esta conversación, habla del internacionalismo de la memoria, del avance global de las derechas y de la necesidad —urgente— de volver a imaginar estrategias comunes.

23 de marzo, 2026 | 20.30

Ana Miranda es eurodiputada por el Bloque Nacionalista Galego (BNG) e integra el grupo de Los Verdes/ ALE en el Parlamento Europeo. Pero su trabajo no se agota en Bruselas: hace años teje un puente político y afectivo con Argentina, especialmente a partir de las querellas contra el franquismo que encontraron en la justicia argentina —con la jueza María Servini— una vía que España se niega a habilitar.

En ese camino, Nora Cortiñas fue una figura clave. Miranda la nombra como referencia política y ética, pero también como parte de una trama de internacionalismo concreto: el de las luchas que se prestan herramientas entre sí. Y por eso estuvo el domingo en la casa de la Madre de Plaza de Mayo de la sonrisa incandescente, con muchos y muchas referentes de distintos espacios para celebrar que la casa de Norita empezará a ser un museo de la Memoria. Ana, como cada quien en ese jardín de Castelar, se río con las anécdotas y dejó caer unas cuantas lágrimas de cariño por esa mujer bajita que con su pañuelo blanco supo estar presente en todas las luchas.

La eurodiputada va a  marchar el 24 de marzo, para eso vino, pero también para discutir el acuerdo Unión Europea–Mercosur y, sobre todo, para pensar algo que hoy se vuelve urgente: cómo se construye memoria en un mundo donde el fascismo ya no es amenaza sino presente.

—¿Por qué es importante para vos estar en estos 50 años del Golpe de Estado que inauguró la dictadura más sangrienta de nuestro país?

—Porque es una fecha que no solo recuerda: también denuncia. Denuncia que la impunidad sigue existiendo en muchos lugares del mundo y que hay genocidios que no son pasado sino presente.

Y porque lo que se construyó aquí en términos de memoria es una referencia. No se puede pensar un futuro sin verdad y sin justicia. Eso en Argentina está claro. En otros lugares todavía no.

También vine a tener reuniones políticas por el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur y a encontrarme con la colectividad gallega, que es parte de nuestro país. Galicia no es solo territorio: es también su diáspora.

—Me interesa que amplies un poco esa necesidad internacionalista de los procesos de memoria histórica, memoria de la violencia genocida de los Estados, pero también de las luchas por denunciarla.

—Que la memoria no es nacional. O no debería serlo. Lo que hicieron las Madres, lo que hicieron los organismos de derechos humanos en Argentina, desbordó sus propias fronteras. En España, el franquismo sigue en gran medida impune. Y fue Argentina la que abrió una causa judicial cuando en nuestro propio país no se podía. Eso es muy fuerte: la única causa contra el franquismo está en Argentina.

En el Parlamento Europeo llevamos esa experiencia, creamos espacios de memoria, invitamos a Nora Cortiñas, a los abogados de la querella. Es un trabajo colectivo.

Pero además hay algo más: hoy hay genocidios en curso. Gaza es el ejemplo más evidente. Entonces, la memoria no es solo un ejercicio sobre el pasado. Es una herramienta para leer el presente mientras está pasando.

—Las derechas parecen haber entendido mejor ese carácter global. ¿Cómo se enfrenta eso?

—Ellos están organizados. A escala mundial. Tienen redes, financiamiento, formación, estrategias comunes. Nosotros no.

En 2018, en el Parlamento Europeo, impulsamos una resolución alertando sobre el avance del neofascismo. Ya se veía venir: discursos de odio, construcción de enemigos, desinformación. Todo eso hoy está consolidado. La llamada “iberoesfera”, las alianzas entre Vox, Orbán, Milei. No es casualidad, es organización.

Y hay otro problema: la derecha tradicional decidió convivir con eso. Lo blanqueó para poder seguir gobernando.

Entonces la respuesta tiene que ser también organizativa. No alcanza con resistencias aisladas. Hay que construir articulación internacional. Y también hay decisiones concretas. Yo, por ejemplo, no comparto espacios con Vox. No los saludo. No es una cuestión personal, es política. No se puede normalizar lo que niega derechos básicos.

—Sin embargo sus discursos securitistas, segregacionistas, el aliento al resentimiento contra el vecino o la vecina en lugar de apuntar contra el poder parecen tener campo raso para extenderse ¿por qué te parecen tan efectivos?

—Porque se montan sobre miedos reales. Sobre precariedad, sobre incertidumbre. A alguien que no llega a fin de mes le dicen que el problema es el migrante. Que le quita el trabajo, que recibe beneficios. Es falso, pero funciona.

En Galicia hay sectores enteros que dependen del trabajo migrante. Sin esas personas, directamente no existirían. Pero ese dato no circula.

Lo que falta es relato. Falta contar la convivencia real, lo que pasa cuando las personas se encuentran. Hay pueblos donde llegan chicos migrantes y transforman la vida cotidiana, generan vínculos, cuidado. Y después llega la política a instalar el miedo.

También hay responsabilidad institucional. Si la propia Unión Europea habilita políticas de expulsión, ese discurso baja a la sociedad.

—¿Y qué lugar tienen las redes sociales en esa construcción?

—Central. No son neutrales. Hay una lógica de amplificación del odio. Pero además generan aislamiento. Y ese aislamiento es funcional: rompe lazos, vuelve a las personas más vulnerables, más consumistas, más manipulables. Hay una estrategia ahí. Y no estamos terminando de comprender su dimensión.

—Viniste también a discutir el acuerdo Unión Europea–Mercosur. ¿Por qué se oponen?

—Porque es un acuerdo desigual. Y porque se hizo sin participación democrática real. Puede perjudicar a pequeños productores en Galicia, pero también a economías locales en Argentina. Favorece un modelo donde Europa exporta productos industriales y América Latina queda en un lugar subordinado. Nos interesa discutirlo con actores políticos de acá, no imponer una posición. Pero sí poner en cuestión ese modelo.

—¿Cómo pensás la relación entre identidad gallega y migración, sobre todo en Argentina?

—Galicia es un pueblo emigrante. No podemos permitirnos el racismo. Nuestra historia está atravesada por América Latina. También por la discriminación: hubo momentos en que ser gallego era sinónimo de atraso, de ignorancia. Eso también hay que recordarlo. Y hoy la identidad gallega está muy ligada a la defensa del territorio, de la producción local, de formas de vida que están en riesgo frente a modelos extractivos.

—¿Las izquierdas siguen soñando con la revolución?

—Creo que sí, pero con dificultades. Gobernar implicó muchas concesiones, muchas veces desconectadas de las expectativas de la gente.

Y eso generó frustración.

Pero en este contexto, donde el neofascismo avanza, no hay alternativa: hay que volver a imaginar transformaciones. Hoy cosas muy básicas —tener una casa, no ser discriminado, vivir con dignidad— parecen revolucionarias. Porque los derechos se degradaron tanto que lo mínimo se volvió excepcional.

Entonces sí: hay que volver a pensar la revolución. Pero también entender que esa revolución, hoy, se juega en la vida cotidiana.