Lionel Messi, los mundiales y las fake news: los moralistas de hoy fueron los tramposos ayer

La industria mediática necesita convivió desde el inicio con el morbo y, en este punto, los mundiales potenciaron el romance. Diego Maradona, el Mundial 78 y, ahora, Lionel Messi, ejemplos puntuales de cuando llegan las situaciones más graves.

19 de junio, 2026 | 15.30

 No se le decía fake news, pero la revista El Gráfico le inventó una carta prodictadura al capitán holandés Ruud Krol en el Mundial de Argentina 78. Y a Diego Maradona lo “mataron” en pleno Mundial de Rusia 2018, siempre tan borde él que todo quedó rápidamente en la nada. Si la industria mediática convivió desde sus inicios con el morbo, los Mundiales, centro del planeta, simplemente potenciaron ese romance: informar livianamente sobre la “muerte” de Jorge Messi es parte del paisaje. Moralistas de hoy fueron tramposos ayer. ¿Qué mecanismos se imponen para que quien antes fue víctima de los medios, aplique ella misma esa ley del maltrato? El comunicado de la familia Messi fue sencillo y clarísimo: “pedimos responsabilidad, prudencia y humanidad”.

 A Diego lo “mataron” la tarde que Argentina le ganó 2-1 a Nigeria en San Petersburgo, primera fase del Mundial 2018, la descompensación que extremó cuidados, la imagen casi religiosa de él parado, cabeza inclinada hacia atrás, ojos cerrados, brazos cruzados sobre su pecho, como abrazándose a sí mismo, rostro de alivio tras la victoria sufrida. Un cuadro barroco cuya intensidad dramática aumentaba cuando en las redes circuló su “muerte” y que esa sería su última imagen vivo. Estábamos esa noche en San Petersburgo (igual que ahora aquí en Kansas City) cubriendo el Mundial con los colegas Alejandro Wall y Daniel Arcucci, cuyo teléfono no paraba de vibrar. Biógrafo oficial de Diego, vínculo eterno con el 10, Dani ya había recibido mensajes que desmentían el rumor, pero él precisaba escuchar la voz del propio Maradona. “Te juro que no me pasó absolutamente nada. Desmentilo y al que te enfrente, enfréntalo”, llegó el mensaje aliviador. Y concluía: “Hay ‘Pelusa’ para rato”.  

En el Mundial 78, mi primera Copa Mundial, la revista El Gráfico, pilar de una Editorial Atlántida que puso a todas sus revistas en complicidad con la dictadura, inventó una carta en la que el capitán de Holanda (todavía no era oficialmente Países Bajos), Ruud Krol, le escribía a su pequeña hija Mabelle que no hiciera caso a las noticias porque Argentina “es tierra de paz” y porque los soldados armados que veía en las fotos “disparaban flores desde sus fusiles. Dile a tus amiguitos la verdad: Argentina es tierra de amor”, cerraba la carta apócrifa. El escándalo fue tapado por la negociación diplomática y porque el entonces embajador de Holanda, Honore Van de Brandeler, simpatizaba con el dictador Jorge Rafael Videla. Más que una fake, esa carta fue una burda operación de prensa.

Hay otras “fake” menos dramáticas. Divertidas. La del Mundial de 1942 en la Patagonia, en plena Segunda Guerra Mundial, “y que la FIFA jamás quiso reconocer”. Electrotécnicos nazis que instalaban una línea telefónica de organizadores y que sumaron a la Copa a ingleses que alargaban el ferrocarril, a sacerdotes y obreros polacos, a almaceneros españoles, a guaraníes que representaban a Paraguay, a mapuches a Chile, argentinos y hasta obreros italianos antifascistas que construían una represa y que terminaron jugando una semifinal a matar o morir contra los alemanes, con el arbitraje del hijo del pistolero Butch Cassidy, que dirigía a balazo limpio.

“El Mundial Olvidado” se llamó el documental presentado en 2011 en el Festival de Venecia cuya gacetilla indicaba seriamente que la FIFA se negaba a reconocer esa Copa. Y así, con esa seguridad, fue reproducido todo por cables de agencias internacionales que aparecieron publicados en diarios de decenas de países, y con lectores que clamaban injusticias y pedían más detalles sobre ese torneo. En rigor, los documentalistas italianos tomaron la historia de un cuento delirante de Osvaldo Soriano. Encontraron hinchas muy crédulos. Y periodistas algo perezosos.