Tanta modernidad, tanta expresión nueva, tantos jóvenes lobos para que Leo Messi termine siendo el nombre más potente una vez cumplida la primera fecha del Mundial. Su vigencia, y la vigencia del número 10, suenan a “viejo”. Notable en medio de tanto “cooling break”, “dance cam” y esas expresiones de este Mundial Made in USA. Y todo esto asumiendo que Messi no es exactamente un diez antiguo, porque el fútbol ha cambiado, porque cada jugador es cada jugador y porque los tiempos son otros. Pero Messi sí es “el distinto”.
Hay que hablar de lo que hizo el crack aunque sean horas de otra atención. El habló de “días difíciles” tras su noche gloriosa ante Argelia. Todo cada vez más efímero, más liviano, las brutalidades mediáticas se encargaron del resto. Identificaron a su padre y hasta lo dieron por muerto. Mejor hablemos de fútbol. Messi usa la 10 porque nació en un país que ha hecho un culto de ese número y que lo puso en el altar desde Diego Maradona en adelante. Diego disfrutó de pibe a Ricardo Bochini, pero contó alguna vez que su imán por la 10 fue Pelé en México 70, justamente el Mundial que hizo monumento a ese número mágico, que los hinchas de Boca podrían simbolizar con Juan Román Riquelme y los de River con Norberto Alonso. Cracks que ni siquiera precisan apellido: Leo, Diego, Román, el Beto.
El Brasil campeón de México 70 no tenía un solo 10, sino cinco. Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivellino eran número 10 todos en sus respectivos clubes y el DT Mario Lobo Zagallo decidió hacerlos jugar juntos, con un orden colectivo notable, imprescindible para mantener equilibrio. Zagallo, que asumió apenas 75 días antes del Mundial, mantuvo en realidad el juego ofensivo de su predecesor, el periodista Joao Saldanha, miembro público del Partido Comunista (PC) y crítico duro de la dictadura del general Emilio Garrastazu Medici, pero echado ante todo por su relación difícil con Pelé, que apenas jugó algunos partidos en su formidable serie invicta como DT de Brasil, tan notable que el equipo era apodado “Las Fieras de Saldanha”.
Fue paradójico que esa selección campeona ya con Zagallo con cinco número 10 le ganó la final a una Italia que era lo opuesto. Por un lado, el llamado “futebol arte” de Brasil, por otro el catenaccio, el célebre cerrojo defensivo que había puesto en la cumbre al calcio, primero a nivel de selecciones, pero luego también a nivel de clubes, con el Milan del DT Nereo Rocco y el Inter de Helenio Herrera. Defensa dura y contragolpe letal. Y, cada equipo, con su 10 notable: Gianni Rivera, el Bambino de Oro en Milan y Sandro Mazzola en Inter. En Italia, a ese tipo de jugador le dicen desde siempre “fantasista”.
Hacer jugar a dos “fantasista” juntos era una herejía para el calcio, pero el DT Ferruccio Valcareggi osó hacerlo en “El Partido del Siglo”, como llamaron muchos a la semifinal del Mundial de México 70 que Italia le ganó 4-3 a Alemania, con cinco de los goles anotados en el alargue, luego del 1-1 en los noventa minutos de rigor. “Media hora sin táctica, media hora sin posición fija, no más cinismo, repentinamente las reglas del pasado han perdido todo su poder”, escribió sobre esa media hora Nando dalla Chiesa en el libro que recuerda esa semifinal (“El Partido del Siglo”). Ayer se cumplieron 56 años de ese cotejo. Italia hoy es una dama antigua del fútbol. Tetracampeón mundial sí, pero lleva tres Mundiales seguidos sin clasificarse, ni siquiera a este último de 48 selecciones.
En la final de México 70, Valcareggi no se animó a mantener la osadía. Brasil, en cambio, sí mantuvo a sus cinco número 10 y goleó 4-1. Fue tricampeón mundial y Pelé se hizo inmortal. Y con la camiseta 10 en lo alto. Levantado en andas y con sombrero mexicano. El juego y la imagen que tanto fascinaron a Diego, que tenía entonces apenas 9 años de edad. Un 10 potenciado acaso porque tenía números verdes con fondo amarillo, en el primer Mundial en el que los más privilegiados disfrutaban ya de trasmisión a color (no debe ser casual que Maradona se haya convertido en héroe del pueblo indio tras México 86. Esa Copa marcó el debut de TV de color en la India. “Diego fue nuestro primer héroe a colores”, me recordó una vez un colega de ese país).
El último martes fue justamente un número 10 el primer gran crack que avisó claramente su hambre de Copa en este torneo inflado de 2026. Hablamos de Kylian Mbappé, que ya fue campeón con la número 10 en Rusia 2018, estuvo a un Dibu Martínez de repetir en Qatar 2022 y debutó en 2026 con dos goles en el triunfo 3-1 de Francia contra Senegal. Como si fuera un acto de amor propio, de decirle “ojo que todavía no me fui”, apareció esa misma noche Messi con su triplete a Argelia. Sorprendió a todos, no solo en Argentina. Me llegaban a mi celular en el estadio de Kansas City mensajes de colegas de todas partes del mundo, todos rendidos ante “La Noche del 10”. Casi cuarentón (cumplirá 39 el 24 de junio), Messi anotó su primer triplete mundialista en su sexta Copa e igualó la marca del alemán Miroslav Klose como goleador máximo en los Mundiales de la FIFA. Lo habría sido mucho antes, y en solitario, solo si recordamos su noche de la Copa de Sudáfrica 2010 contra Nigeria, cuando tuvo catorce ocasiones, el Mundial del que se fue sin anotar siquiera un tanto.
A colores y desde veinte mil cámaras, ya campeón mundial, bicampeón también de la Copa América, a Messi le captaron llanto breve tras el primer gol. Y sus palabras a una cámara que lo apuntaba (“Te amo”). Otra vez todos rendidos a su magia. Y a la fragilidad.
