De Cazzu a Milo J, el folklore como motor de una nueva escena

El Festival de Jesús María confirmó que el folklore vive una nueva etapa, impulsada por jóvenes que lo resignifican desde el encuentro, la celebración y una identidad en constante transformación.

23 de enero, 2026 | 10.01

En el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María el folklore atraviesa una transformación profunda impulsada por una nueva generación que resignifica la música popular desde el encuentro, la previa y la celebración colectiva. Lejos de romper con la tradición, la juventiza, la expande y la vuelve a poner en el centro de la escena cultural.

Cuando se realizó la primera edición del festival, en 1966, no existían ni internet ni la televisión a color. La música circulaba en vinilo, Woodstock todavía era una promesa lejana y, sin embargo, ya estaban presentes los pilares que hoy siguen sosteniendo al evento, la amistad, el asado, las tradiciones y el ritual compartido. Sesenta ediciones después, Jesús María continúa siendo uno de los festivales folklóricos más grandes del país por infraestructura y convocatoria, con el Anfiteatro José Hernández agotando sus 30 mil localidades en varias jornadas.

Pero la postal cambió. O, mejor dicho, se amplió. Donde antes reinaba una idea más estricta de la tradición, hoy conviven generaciones, estilos y formas de habitar la música. Jesús María atraviesa su propia revolución cultural porque la juventud decidió apropiarse del folklore y reescribirlo desde su sensibilidad, inyectándole al verano cordobés una vitalidad que une identidad, pertenencia y disfrute.

Los nuevos referentes del folklore moderno

Este fenómeno dialoga con un momento clave del género. El folklore dejó de ser únicamente herencia para convertirse también en modernidad. Artistas jóvenes con repercusión mundial, como Milo J, incorporan o toman como base las músicas populares argentinas, demostrando que lo folklórico puede ser federal, actual y global al mismo tiempo. La grilla del festival es reflejo de esa amplitud, en una misma noche pueden convivir figuras como Cazzu, Ulises Bueno y Ahyre, sin que el cruce resulte forzado.

Caminar por el predio es ser testigo de un intercambio generacional singular. El público histórico, guardián de las raíces, comparte gradas y campo con miles de jóvenes que, en tiempos de pantallas y vínculos fugaces, eligen el canto colectivo, la danza y el abrazo real. Entre chacareras coreadas como himnos de estadio y una mística que solo se consigue en Córdoba, el folklore demuestra gozar de una salud envidiable.

El Fernet Branca se suma a la tradición folklórica con presencia en los principales festivales del país.

La “juntada” funciona como refugio cultural, desde la previa en casas alquiladas hasta el pogo en pleno show, todo responde a una lógica de celebración compartida. El fernet, presente como ritual transversal, sintetiza ese espíritu de identidad y pertenencia que se renueva al pasar de mano en mano.