En una época marcada por el agotamiento, la hiperconectividad y la sensación permanente de crisis, cada vez más lectores buscan algo inesperado en la literatura: consuelo. El fenómeno se puede ver con claridad en las mesas de novedades de cualquier librería, donde abundan novelas de portadas que dan una sensación acogedora, colores pasteles e historias intimistas protagonizadas por personajes que encuentran refugio en pequeñas rutinas cotidianas. Este auge tiene nombre propio: literatura feel good. Pero más que una simple tendencia editorial, parece funcionar como el síntoma de una necesidad emocional contemporánea.
El feel good significa, literalmente, "sentirse bien"; traducido a la tendencia en librerías, es buscar un consumo "reconfortante". Dentro de la industria cultural, el término "feel good" comenzó a moldearse como un calificativo para el entretenimiento masivo a mediados del siglo XX. Precisamente, según explica la Fundación del Español Urgente (FudéuRAE), se utilizaba como un adjetivo para calificar películas o series con argumentos amables, sin grandes conflictos y con finales felices. Sin embargo, no fue hasta el 2010 que se consolidó como un género literario en sí, cuando el mercado editorial anglosajón tomó el término para clasificar novelas optimistas orientadas al confort emocional y la salud mental. Desde entonces, el género editorial se subió a una ola que no para de crecer y que "responde a la necesidad de la gente", según explica Leonel Teti, editor de Letras del Plata, una de los sellos más influyentes en este tipo de publicaciones.
"La gente se vuelca a la literatura, a libros que te dan esperanza, que te dejan con una buena sensación, porque es verdad que para dramas ya tenemos la vida real y todo lo que está pasando en el mundo. Entonces, estos libros te hacen creer en que, por lo menos, el bienestar es posible", reflexiona el editor del sello, que se desprende de la casa editorial española Urano, y que cuenta con un amplio volumen de publicaciones en el género. Asimismo, sumó un dato alarmante: "En Argentina es uno de los mercados donde mejor funciona. Yo creo que también va muy de la mano de lo que está pasando también en el país, por la crisis social y económica".
En el caso de Letras del Plata, el fenómeno explotó con Mis días en la librería Morisaki, del japonés Satoshi Yagisawa, una novela que rápidamente se convirtió en uno de los grandes éxitos del sello. La historia sigue a Takako, una joven que, tras una ruptura amorosa devastadora, acepta mudarse al piso superior de la vieja librería de su tío en Jinbocho, el barrio de los libros de Tokio. Allí, entre novelas usadas, silencios y rutinas pausadas, empieza lentamente a reconstruir su vida.
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El éxito del libro permite entender con claridad cuál es la esencia del feel good: historias donde los personajes encuentran sentido en experiencias pequeñas y cotidianas. Librerías, cafeterías, talleres de cerámica, vínculos familiares o tareas manuales aparecen constantemente como espacios de refugio frente al ruido contemporáneo. Más que grandes giros argumentales, estas novelas proponen desacelerar.
En ese sentido, el fenómeno parece dialogar directamente con una época atravesada por la saturación digital, el doomscrolling y la lógica de productividad constante. Frente a una vida marcada por la urgencia y la hiperestimulación, estas ficciones construyen una fantasía de pausa. Sin dudas, se trata de un fenómeno mundial. Mis días en la librería Morisaki fue traducido a más de 25 idiomas y sigue expandiéndose en distintos mercados. “Antes era impensado que un autor japonés tuviera tanto alcance, solo pasaba con Harry Potter o Stephen King”, analiza Teti.
Pero, ¿por qué estos libros son, generalmente, asiáticos?
Hay un rasgo que se repite constantemente dentro del género: gran parte de estos libros están escritos por autores japoneses o coreanos. Y aunque muchas veces esto se reduzca a una simple “moda asiática”, el fenómeno parece exponer algo más profundo: una idealización occidental sobre ciertas formas de vida asociadas a la lentitud, la contemplación y el equilibrio emocional.
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En paralelo al crecimiento global del K-pop, el anime, el manga y las producciones coreanas en plataformas de streaming, la literatura asiática encontró su propio lugar dentro del mercado occidental a través de estas historias íntimas y contemplativas. "Al ser ficción asiática tiene una cadencia, un ritmo muy distinto a lo que es la ficción estadounidense que es súper ágil, lleno de acción y demás. Esto es todo mucho más pausado, mucho más en relación con el alma, con el estar en el aquí y el ahora", explica Teti. Asimismo, retrata: "Digamos que es una suerte de las bases de la meditación, si se quiere, pero en formato de literatura".
A este tipo de libros también se le suele llamar healing fiction, según explica Teti, es decir "ficción para sanar de alguna manera". "Básicamente para mí es como lo que puedes encontrar en un libro de autoayuda o inspiracional, pero en forma de ficción", ejemplifica. Entonces, ante la necesidad social de encontrar "refugios" en los consumos culturales, estos libros ganan terreno por su esencia: transmitir un mensaje esperanzador sin caer en exageraciones ni metas imposibles.
Ahora bien, ¿por qué, entre un mar de opciones, hay cada vez más lectores que se inclinan por este tipo de libros? Muchos lo relacionan a una búsqueda espiritual más orientada a la filosofía de vida asiática y, aunque coincide en cierto punto, Teti añade un análisis que va un poco más allá: la necesidad de tener conexión con una cultura que, durante mucho tiempo, fue relegada.
"Para mí buscan algo muy distinto a la realidad que están acostumbrados. Si leés una novela que transcurre en Nueva York, más allá que estés en Buenos Aires, ya todo el mundo tiene en su mente qué es Nueva York y es el mismo estilo de vida, salvando las distancias culturales. Pero cuando vas a literatura asiática y ves que la persona se levanta todas las mañanas, toma el té y se pone a meditar durante media hora, o cómo son las dinámicas familiares, que no van por la calle dándose un beso y un abrazo y se manejan con una distancia increíble, pero que aún así tienen sentimientos y se enamoran, genera mucha intriga", puntualizó el editor.
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El crecimiento del género llevó a Letras del Plata a consolidar una línea editorial específica alrededor de estas historias. Actualmente publican entre ocho y nueve títulos por año. Entre sus apuestas recientes aparecen novelas como Un buen día para estar sola, centrada en resignificar la soledad, o La casa Kintsugi, inspirada en la técnica japonesa de reparar cerámicas rotas con oro.
“El concepto es que a veces, cuando te rompés como ser humano y te volvés a levantar, sos más poderoso que antes. Que a veces es importante ser vulnerable, caerse, desarmarse en pedazos para reconstruirse”, resume Teti sobre una idea que atraviesa gran parte de estas ficciones.
Una literatura para todos: la posibilidad de compartir lo que leemos
En la era de la lectura silenciosa, donde el hecho de leer se volvió introspectivo y solitario, pensar en compartir lecturas y trasciendan de generación a generación resulta muy tentador. Y eso es lo que está logrando la literatura feel good.
"Cuando nosotros empezamos a publicar este tipo de libros, nunca pensamos en los bookfluencers como los grandes comunicadores porque es verdad que están más acostumbrados a leer fantasía, distopía o literatura romántica y los recibieron súper bien este tipo de libros. Y también algo que me gusta de los lectores más jóvenes es que es un tipo de literatura que la pueden compartir con la familia, con los padres, con los abuelos", sentenció Teti sobre este fenómeno que, de forma silenciosa, se volvió masivo.
Detrás de las librerías acogedoras, las cafeterías silenciosas y las novelas de portadas con tonos pasteles, lo que aparece es algo mucho más profundo que una moda editorial: el deseo urgente de encontrar, aunque sea por unas páginas, un poco de calma en medio del caos.
